Este corto de 2 minutos es un anuncio contra la violencia machista que ha sido censurado en la televisión británica por contener imágenes demasiado duras.
Siempre es mejor cerrar los ojos ante una realidad hiriente, antes que dejar que el público los abra completamente y reaccione ante esta situación de la que se habla poco o nada en los medios de comunicación británicos.
En otras palabras, lo que ocurre en tu casa de puertas para adentro pertenece a la esfera privada, y es muy extraño ver este tema tratado en la prensa británica de la misma manera que se hace aquí en España, donde cada nuevo maltrato o asesinato es contabilizado y hecho público en todos los telediarios.
El vídeo se vuelve excepcionalmente duro cuando la mujer recibe un golpe en su cara con la toalla. En ese momento, ella fija la mirada en la cámara y pronuncia un demoledor lo siento, pero no estoy de acuerdo con esto, que podría ser traducido también por lo siento, pero esto no era lo que habíamos acordado. En esa frase radica el punto álgido de todo el vídeo, principalmente por su doble sentido y las interpretaciones que se derivan de éste. Por un lado, que la mujer fije la mirada en la cámara y diga esta frase nos indica de forma inmediata que se trata de un papel, de un guión escrito, estudiado, acordado por ambas partes que se nos está representando. Pero algo ha salido mal: el actor ha hecho mal su papel, lo ha cambiado, ha modificado su discurso porque el acto de lanzarle a la actriz la toalla en la cara no estaba previsto. Hemos sido expulsados de la ficción, el plano se abre y vemos cómo ya no estamos dentro del marco de la fantasía interpretativa. La mujer ya no está actuando, ahora la mujer se llama Keira, Keira Knightley. Sin embargo, algo extraño ocurre, lo percibimos cuando es arrojada al suelo y el terror invade su rostro. Y es precisamente por esa incongruencia narrativa, por esa ruptura del esquema tradicional de la forma en que nos presentan las cosas el motivo por el cual nos invade un sentimiento de agonía irracional, el mismo sufrimiento agónico sin sentido que está viviendo la actriz. Eso no estaba planeado, no estaba en el guión. El director debería gritar ¡corten!, alguien debería hacer algo, el equipo debería parar la acción. Pero no hay nadie... porque nadie quiere ver, oír y hablar de una realidad sangrante: que cada semana 2 mujeres británicas mueren debido a la violencia de género... y nadie les ayuda.
Siempre es mejor cerrar los ojos ante una realidad hiriente, antes que dejar que el público los abra completamente y reaccione ante esta situación de la que se habla poco o nada en los medios de comunicación británicos.
En otras palabras, lo que ocurre en tu casa de puertas para adentro pertenece a la esfera privada, y es muy extraño ver este tema tratado en la prensa británica de la misma manera que se hace aquí en España, donde cada nuevo maltrato o asesinato es contabilizado y hecho público en todos los telediarios.
El vídeo se vuelve excepcionalmente duro cuando la mujer recibe un golpe en su cara con la toalla. En ese momento, ella fija la mirada en la cámara y pronuncia un demoledor lo siento, pero no estoy de acuerdo con esto, que podría ser traducido también por lo siento, pero esto no era lo que habíamos acordado. En esa frase radica el punto álgido de todo el vídeo, principalmente por su doble sentido y las interpretaciones que se derivan de éste. Por un lado, que la mujer fije la mirada en la cámara y diga esta frase nos indica de forma inmediata que se trata de un papel, de un guión escrito, estudiado, acordado por ambas partes que se nos está representando. Pero algo ha salido mal: el actor ha hecho mal su papel, lo ha cambiado, ha modificado su discurso porque el acto de lanzarle a la actriz la toalla en la cara no estaba previsto. Hemos sido expulsados de la ficción, el plano se abre y vemos cómo ya no estamos dentro del marco de la fantasía interpretativa. La mujer ya no está actuando, ahora la mujer se llama Keira, Keira Knightley. Sin embargo, algo extraño ocurre, lo percibimos cuando es arrojada al suelo y el terror invade su rostro. Y es precisamente por esa incongruencia narrativa, por esa ruptura del esquema tradicional de la forma en que nos presentan las cosas el motivo por el cual nos invade un sentimiento de agonía irracional, el mismo sufrimiento agónico sin sentido que está viviendo la actriz. Eso no estaba planeado, no estaba en el guión. El director debería gritar ¡corten!, alguien debería hacer algo, el equipo debería parar la acción. Pero no hay nadie... porque nadie quiere ver, oír y hablar de una realidad sangrante: que cada semana 2 mujeres británicas mueren debido a la violencia de género... y nadie les ayuda.


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